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Usted no come suelo, pero lo necesita para comer

 23/04/2019
Jordi Domingo Calabuig, técnico de la Fundación Global Nature

Jordi Domingo Calabuig, técnico de la Fundación Global Nature. 

Plántese usted en medio de un huerto e imagine que puede extraer una porción del suelo que hay debajo de sus pies. Necesita, aproximadamente, un cubo de un metro de lado. Extiéndalo sobre una superficie todo lo grande que pueda, procurando dejar una capa de apenas un milímetro. Ahora, observe atentamente. ¿Sabe lo que tiene delante de sus ojos? Nada más y nada menos que varios millones de bacterias, hongos, algas y protozoos. Quizás, lo mejor sería que tuviera a mano una potente lupa binocular o un microscopio.

También encontrará, aunque en menor medida (sólo unos cuantos cientos de miles), nematodos, lombrices, ácaros, colémbolos y larvas de insectos diversos. Y, por supuesto, toda una maraña de raicillas y materiales en descomposición. Su cubo de suelo contiene varios kilos de vida. Ahora vuelva a la superficie. Probablemente, no vea ningún organismo vivo trotando a su alrededor, ¿verdad? Es normal. En realidad, la mayoría de nosotros no somos conscientes, pero dentro del suelo hay mucha más vida que sobre él.

Es curioso, porque en algún momento de la historia reciente de la agricultura, se nos convenció de que el suelo era un mero soporte para nuestros cultivos. Que bastaba con regarlo para darle agua a nuestras plantas y fertilizarlo para tenerlo siempre preparado. Y así nos va. Según el último informe de la FAO sobre el status y tendencias de la biodiversidad en sistemas agroalimentarios, “hay motivos para estar seriamente preocupados por el status de la biodiversidad del suelo en todas las regiones del mundo. Muchos indicadores de la salud de nuestros suelos están en declive y los servicios ecosistémicos derivados están severamente amenazados”.

Jordi Domingo Calabuig, técnico de la Fundación Global Nature

De hecho, para ser del todo sincero, tengo que reconocerle que lo anterior no es del todo cierto. Solo lo sería si el campo en el que está usted tiene un suelo vivo y, por desgracia, ya ve que no es lo más frecuente. Lo que sí puede comprender ahora es por qué hablamos de suelos vivos. Pero aún hay algo más asombroso que no le he contado. Los organismos que se ha encontrado usted en la tierra, además de ser abundantes, son como una pequeña orquesta perfectamente sincronizada: unos se ocupan de tomar la energía del sol e introducirla en el sistema, otros descomponen los residuos del suelo creando compuestos químicos complejos, los hay que agregan nuevas partículas de suelo, los que transforman con todo lo anterior en materia orgánica, los que hacen malabares con los nutrientes y los que crean complejas redes de interconexión entre plantas y hongos. Es una complejísima trama de organismos que cooperan (y también rivalizan) pero que, de manera casi milagrosa, nos regalan lo que técnicamente se llaman servicios ecosistémicos. Dicho de otro modo, son funciones como la capacidad de descomponer la materia orgánica y aportar fertilidad, de reciclar y almacenar nutrientes, de dar estabilidad estructural y térmica evitando su erosión, de neutralizar sustancias tóxicas, de proteger nuestros cultivos de enfermedades, de almacenar agua y grandísimas cantidades de CO2 a la atmósfera e incluso de generar biodiversidad a partir de la propia biodiversidad del suelo.

Un cambio de paradigma: trabajar a favor del suelo

No es nada sencillo descifrar esta madeja de interacciones, pero sí es relativamente sencillo comprender qué es lo contrario: un suelo muerto. Imagínese ahora en una plantación “moderna” de cualquier cultivo leñoso, de esas en las que ni una sola brizna de hierba se atreve a asomar la cabeza. El suelo es castigado con labrados frecuentes y, seguramente, está compactado por los continuos pases de la maquinaria agrícola. Lo más probable es que el suelo esté encostrado o agrietado. Reluce a pleno sol, se calienta y se enfría y apenas hay restos de nada por encima; quizás, algunas malas hierbas persistentes que aprovechan el nitrógeno que ha dejado el último abonado. Estamos en el Mediterráneo, así que la humedad a ras de suelo y en las primeras capas no será muy alta. Y aquí empiezan los problemas, porque la humedad es fundamental para descomponer los residuos. Pero, al fin y al cabo, ¿qué residuos? ¿quién lo va a descomponer?

Jordi Domingo Calabuig, técnico de la Fundación Global Nature

En buena parte de la agricultura, y especialmente en la más intensiva, hemos decidido que todo lo anterior nos da un poco igual, y que los llamados insumos agrícolas (agua, abono y pesticidas) están ahí precisamente para suplir cualquier necesidad. Que el agua de riego es absorbida por las raíces de nuestras plantas cultivadas es obvio, pero quizás deberíamos concentrarnos en el hecho de que 1 kg de materia orgánica (el súmmum de un suelo vivo) puede retener hasta 20 litros de agua. Es como una enorme esponja que además almacenará el agua de manera estable hasta que nuestra planta lo requiera. También sabemos que un saco de abono ofrece a nuestros cultivos una disponibilidad inmediata de nutrientes, pero habría que centrar todos nuestros esfuerzos en aumentar y mantener los niveles de materia orgánica, ya que es el germen de esas complejísimas redes de vida que bombean nutrientes desde distintos horizontes del suelo, que los pone a disposición de nuestro cultivo, que fomenta la cooperación entre hongos y otros organismos beneficiosos con los que se asocian nuestras plantas y que las protege de enfermedades.

Las prácticas agroecológicas nos enseñan a comprender el suelo y actuar en consecuencia: reduciendo y, sobretodo, razonando el trabajo del suelo, confiando en la fertilidad natural más que en los insumos externos, fomentando la vida en el suelo, rotando los cultivos para no agotar los nutrientes, entendiendo las funciones de las plantas acompañantes de nuestros cultivos en vez de demonizarlas, equilibrando el sistema productivo con la capacidad del suelo… Es una apuesta de futuro frente a la visión cortoplacista que hemos tenido.

Pero tampoco le voy a engañar. No siempre es fácil mantener un suelo vivo. Hay decenas de variables a tener en cuenta: el cultivo, el microclima, la disponibilidad de agua, la técnica de riego, la intensidad del cultivo, el manejo de las plantas cultivadas y no cultivadas, etc. Lo que está claro es que necesitamos un cambio de paradigma y los suelos muertos, los más abundantes, están ahí para decírnoslo. Los manejos que propone la agroecología pueden derivar o no en un producto ecológico, pero, ante todo, son coherentes con lo que ahora sabemos del suelo y suponen, sin lugar a dudas, la clave para el futuro de cualquier agricultor o ganadero. Bueno, y para el futuro de su alimentación.

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